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Facebook Twitter sábado 16 de octubre del 2021 16-10-2021
Tapa del libro DESNICHADORES

DESNICHADORES

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Disponible Disponible

Autor: LIPCOVICH, PEDRO

Origen: Argentina

Editorial: CUENCO DE PLATA

ISBN: 9871772394

Origen: Argentina

$ 990.00 Icono bolsa

8.25 U$S 12.38

Querida mamá:

Madura el hombre y llega el momento en que es capaz de sostenerse solo, como un poste, o bien como un bicho canasto, que, a la inversa del poste, se sustenta de arriba; me refiero, claro, a esos que cuelgan de las ramitas de los árboles aun cuando, al final del verano, ya están secas.
¿Por qué siguen así colgados?: porque ésa es la función de su boca, si, apresurándonos, equivocándonos, llamamos así al órgano de sostén que fija el bicho a la ramita; nos apresuramos, nos equivocamos porque el verdadero bicho está oculto en el interior del canasto y no es el que vemos habitualmente, suponiendo que uno viese habitualmente bichos canasto, lo cual no es mi caso porque el avistamiento de bichos canasto, como el de las ballenas que a morir se acercan a las costas argentinas, a la altura de Puerto Madryn, requiere determinadas condiciones, propias de cada especie pero que en ambos casos se vinculan con la llamada vida al aire libre, condiciones que no puedo cumplir ahora, encerrados, vos en tu cama, yo ante la mesa de la cocina, en este cubo de muy escasa ventilación, ya que, si bien los edificios de departamentos antiguos tienen la ventaja, recomendada por los higienistas, de la amplitud de los cuartos y la altura de los techos, sin embargo padecen la falta de aire y de luz, que afecta predominantemente a los departamentos internos cuyas habitaciones, tu dormitorio, el comedor donde nunca vi comer a nadie, la salita, el cuarto de mi infancia, tributan a los espacios o pozos o huecos de aire y luz, denominación que siempre fue irónica pero más desde que la pared lateral del edificio de oficinas construido en mi ausencia redujo nuestros huecos de aire y luz a los que podrían llamarse respiraderos de un sarcófago, si un sarcófago necesitara respiraderos.
Así se diferencia, mamá, en el mismo edificio, el departamento interno de los departamentos externos, cuya luminosidad es un derecho adquirido para siempre, aun cuando la construcción date de las primeras décadas de este siglo, cuando se elevaron muchos edificios cuyo propósito confesado era alquilar vivienda a familias de la naciente clase media, inmigrantes e incluso criollos que ascendieron a los departamentos del frente, dejando los internos reservados para mujeres solas y actividades clandestinas.
Progresaba, así, la familia: los hijos, múltiples, bien paridos por el materno vientre ubérrimo, oloroso a sexo sano para garantizar el deseo del padre, evitar que el deseo paterno fuese arrastrado por las atracciones que proliferaban, prostíbulos públicos en Junín, departamentos clandestinos, la Zwi Migdal, nombre de araña deliciosa, la migdala brota de su agujero en el árbol y, sin rebajarse a tejer telaraña, va al acecho de otros bichos, los mata con su veneno y entonces, ahora, preguntamos: ¿qué bicho resiste la picadura? Claro que el bicho canasto, porque no tiene su canasto al pedo, mamá, y, vemos ahora, hemos venido hablando del bicho pero dejábamos de lado eso que lo define y sin lo cual sería un mero gusano condenado.
Vos tejías, tejías para mí bajo el árbol casi sin hojas, las ramas cargadas de ese como fruto pardo, melancólico, huesudo, y yo tuve que haberte preguntado por esos objetos, esos cosos, diría el niño que, librado a sí mismo, jamás podría discernir que ese paquetito desdichado es un insecto, sólo un adulto puede enseñarle y entonces sorpresa, maravilla pero, después, horror ante el ejército de pequeños vampiros que chupan la savia. Fruto al revés, en conflicto mortal con el ser que lo sustenta.
Y todavía después, a lo largo de la vida, el sujeto hace suya la perspectiva del propio bicho que, cautivo, con una especie de tranquila desesperación, persiste en chupar la rama seca. Después hay un tiempo de olvido o desestimación y de repente, ahora, el bicho vuelve desde adentro de los ojos, como una foto de álbum familiar traspapelada en una pila de revistas pornográficas.

Leopoldo Benavídez



MISIONES, 1





Desata el paquete de papel encerado y mira, como a un animal extraño, el revólver de Paulino. Está solo al pie de la barranca frente al río. La otra orilla, lejos, es un relieve negro. El vapor se ha ido. Son las nueve de la mañana del viernes seis de febrero de 1931.
Sus pies, calzados con zapatos de ciudad, resbalan en el barro. Se agarra de una raíz gigante, alza el arma para no mojarla; los zapatos se deslizan y él cae sobre sus rodillas. El papel queda en el barro. Él guarda el arma en el bolsillo de su saco de ciudad. Aferrándose con las dos manos a la raíz, que es de un árbol altísimo, se levanta. La barranca parece una pared hinchada de vegetación. El río es negro, brillante de sol. Hay un viento blando y caliente.
Un rumor. Vino llegando un ruido que él percibe ya crecido, continuo, es el motor de un barco. Hombres. Él gira, de cara a la barranca. Trepará. Lanza sus manos como quien tira una piedra al azar. Se aferró a unas ramas como hilos que se deslizan, se rompen. El ruido se acerca. Él se alza en vano, agarra arbustos que se desprenden de raíz, con las plantas podridas en las manos siente el ruido crecer, su espalda está desamparada frente al río, abre los brazos y echa todo el cuerpo contra la pared hinchada, los brazos se enredan en algo, los pies se hunden en la tierra vertical, hojas filosas le tajean la cara y sube, es como si la selva lo izara, trepa, monta por escalas vegetales, formas leves le tocan la frente, sus manos se agarran de tallos redondos, la suela lisa de sus zapatos resbala pero él hunde más los empeines en la tierra blanda. Ramas de arbustos le oprimen el pecho y el vientre pero él se alza, trepa, y hay un trueno de pájaros, ha llegado arriba. De la selva, como de un solo cuerpo animal, le llega un aliento húmedo. Hay suelo bajo sus pies, y penumbra.
Mientras los pájaros se apaciguan, el motor se oye fuerte, justo a sus espaldas, y él se zambulle en la espesura. Tiene que avanzar como animal sobre manos y pies. Jadea. Rompe ramas tiernas, abre redes vegetales, hace un túnel con las manos. Una luz verde, que parece llegar de todas partes, crea un ambiente donde trazos más oscuros y quebrados, ramas, se cruzan en distintas profundidades. Pero una mano lo estrangula. No, es una cuerda vegetal, viscosa como tripa. Se le ha envuelto en el cuello. Trata de quitarla con las manos, que resbalan. Para poder respirar, alza el torso hasta quedar de rodillas. La cuerda vegetal se suelta, como movida por voluntad propia. Él permanece de rodillas mientras recupera la respiración, y levanta la vista: hacia una altura de vértigo se escalonan hojas diversas. No se ve el cielo pero la luz, manifestada en las formaciones vegetales y en el aire mismo, se hace más clara en las regiones superiores, y las figuras de muy arriba presentan la inminencia del sol.
El silencio es muy fuerte. No hay viento en esta profundidad. Él retoma su andar sobre manos y pies, que empieza a hacérsele seguro y conocido. Advierte que la selva, en la complejidad de sus figuras, es limpia y desierta. Cansado, se tiende bajo una hoja inmensa, de dilatadas nervaduras, muy clara al trasluz.
Palpa sus bolsillos, el arma está. Ha perdido en cambio su reloj, la cadenita rota cuelga del chaleco; y perdió el sombrero, pero no los fósforos. Se ha desprendido la suela de uno de sus zapatos. Siente la piel cortada.
Ahora insectos zumban. La penumbra parece más densa. Los insectos lo arrullan, él respira a su compás. La suela del zapato está perdida. Debiera tener botas. Los pantalones están desgarrados, las pantorrillas desnudas. Botas. De cuero fuerte, altas, blandas, usarlas, acostumbrarlas a él. Abrigadas, dilatadas, amplias hasta la cintura. Abre los ojos, algo falta. Falta la luz clara en la hoja grande. Se vuelve de costado, se acurruca, la cabeza entre las manos. No tiene hambre. Anochecerá. Vendrán animales. Víboras. Debe haber víboras. Él no tiene botas. Las botas se usan para protegerse de las víboras. Una víbora negra. Ella se desliza en silencio. Es de colores. Sus colores se presienten en la sombra. Ella oscila, húmeda. Él siente la picadura, un calor, no, un frío que se extiende como mano pesada, escalofrío, despierta, no, es la mordedura de la víbora, en la pierna porque no tiene botas, no lo mordió pero hay que estar muy quieto, la víbora anida junto a él, él no debe despertarse para que ella no despierte, hay un jadeo, alguien jadea con ella, quién, un ruido más salvaje o despiadado y un olor animal, ramas rotas, un gruñido muy cerca, él salta atrás y abre los ojos: hay un hocico, una especie de chancho en la penumbra. El animal lo mira con ojos opacos y alarga el hocico. Ha olido sangre de los cortes que la selva le hizo. Él retrocede despacio pero siente el mismo gruñido a sus espaldas. Es otro animal, y otro, está rodeado. Trata de pararse pero cae, ramas quebradas y enseguida el peso del animal sobre su pecho, el asco, una estrella de dolor en el muslo y un ruido terrible.
Ve el revólver en su mano: su mano sacó el revólver y disparó. Hay un animal caído, una especie de chancho. Los otros ya no están. El animal se retuerce, herido en el vientre. Él vacila. Mira el arma en su mano. Bruscamente le apunta a la cabeza y dispara. El tiro de gracia. Piensa en Paulino, y llora.

* * *

La herida en el muslo no dolía mucho ni le impedía caminar; se hizo una venda con la entretela de su saco. Tuvo trabajo hasta encontrar leña, y paciencia para buscar una piedra aguzada con la que pudo abrir el lomo del chancho. La carne, demasiado cerca del fuego, se chamuscó, y por dentro estaba casi cruda, chorreante; deliciosa.
Cuando terminó de comer era de noche. Hacía frío. Se acostó junto al fuego casi apagado. Sentía zumbar mosquitos pero era como si lo respetaran.
Despertó ya de día, con mucha sed. No sabía dónde estaba el río, lo había perdido en su desatinada fuga de la víspera. Se puso en marcha. La selva era menos espesa, casi un bosque por el que se podía caminar erguido. Tenía sed. Recordó haber leído sobre plantas que en su tallo carnoso almacenan agua y pueden ser aprovechadas por el viajero extraviado. Pero eso era en el desierto. O bien, simplemente frutas: cocos. No creía que hubiera cocos aquí. Caminaba sin rumbo. Naranjas. Claro, tenía que haber naranjas silvestres. Por mirar arriba buscando naranjas metió un pie en un charco, maldición. Pero eso era agua: miró abajo, era un arroyo discreto entre la vegetación. Se inclinó, el agua estaba muy fresca y bebió mucho.
Siguiendo el curso del arroyo, llegó a un riacho más grande y a poco andar, tras una curva, estaba el río. La desembocadura del riacho formaba una playita colorada bajo el sol, y él se tendió a descansar. Oyó lejos el ruido de un vapor pero no tuvo miedo.

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